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El Perro Samurai

Kakamucho es una pequeña aldea gatuna que arruina la vista y fachada del despampanante palacio construido por Ika Chu (Ricky Gervais), un gato déspota que espera consolidar su imagen, liderazgo y voluntad con la grandiosa estructura.


Para hacer desaparecer a Kakamucho y sus felinos ciudadanos, Ika Chu ahuyenta al cuidador, dejando desprotegido al poblado y a sus habitantes con miedo. Al enterarse el Shogun (Mel Brooks) que parte del territorio se encuentra indefenso, ordena a Ika Chu que designe un nuevo Samurai.


El inteligente y malvado villano, que aún espera alcanzar su cometido, envía a un Samurai, que además de poco preparado es un perro salchicha (Michael Cera). Los gatos de la aldea al enfrentarse al bienintencionado y entusiasta forastero, lo reciben con desconfianza y menosprecio. El arraigado odio de los gatos hacia los perros es una gran herramienta que Ika Chu aprovecha, ya que lejos de querer proteger a Kakamucho, pretende eliminarla.


En el caótico recibimiento que tiene Hank (el perro Samurai), resaltan personalidades que aún en sus fugaces apariciones logran sobresalir por su profundidad (en contraste con los protagonistas). Como Emiko (Kylie Kuioka), una niña con gran determinación y vocación de protección, quien por su juventud y género no es considerada.



Hank, que poco sabe de peleas, pasa rápidamente a ser aprendiz de Jimbo (Samuel L. Jackson), un antiguo Samurai sumido en la total decadencia y alcoholismo provocado por una confusión ocurrida años atrás (y sobredimensionada por la falta de comunicación y emociones evadidas). Al poco andar, Jimbo entiende que no podrá hacer de Hank un gato Samurai, pero considerando sus virtudes y limitaciones, podría llegar convertirse en un perro Samurai.



Luego de “derrotar” a un gran adversario y ganar la admiración social, Hank se ve obnubilado por su ego y tentado por brillos mundanos que lo encandilan y lo alejan de su principal cometido: cuidar y proteger a Kakamucho. Es en este desliz cuando Ika Chu aprovecha de dar su golpe, y el viaje personal de Hank se frena rápidamente por el apremio de salvar a la aldea (desembocando en un entendimiento inmediato de los valores y prioridades). Se establece también de manera “mágica” la conciencia de que no puede solo y que necesita del apoyo para poder salvar a Kakamucho, cayendo cada pieza en su lugar y cerrando el desafortunado episodio con la unión del pueblo, la aceptación del foráneo y el encarcelamientos del malvado Ika Chu.


Nos encontramos frente a cuestionamientos basales de nuestro sistema, como el poder concentrado y sin identificación de los ciudadanos/representados; la apropiación del territorio; la discriminación y violencia racial; la desigualdad de género y la importancia de la lucha colectiva; que lamentablemente no son profundizados.


De la misma manera, los personajes muestran contradicciones, pero son un antecedente superficial en una historia ya trazada y por su carga de clichés, muy fácil de anticipar.

Se extraña también la exploración del contexto. Que la historia ocurra en Japón es un mero dato, ya que no nos adentramos en la cultura y las pocos elementos propios que se entregan no se caracterizan de manera particular (como la figura de los Samurai, Shogun y el Shogunato).


El diseño de los personajes y entorno es común, pero tiene un intento de transmitir narrativa con el uso de colores. La música sí sorprende, por su fuerza propia y su carácter que sobrepasa las escenas prearmadas.


Perro Samurai: La Leyenda de Kakamucho es una película plana pero que aún invita a reír.

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